domingo, 26 de mayo de 2013

Ese maldito momento

En el que te das cuenta que tu sueño no se realizará. Ese momento en que las piernas no daban más. La técnica no era suficiente. La altura tampoco.


No podría precisar en qué día fue. Pero sí la sensación que el sueño no se lograría. Y te das cuenta que la actitud -importante en todo aspecto de la vida- no se complementaba bien con mi sueño.

Lo intenté, juro que lo intenté. Desde pequeño, asistía fielmente martes y jueves a los entrenamientos. El profe Tello nos llamaba a las 3 de la tarde, cuando ya solo quedaban pocos alumnos, luego de clases en el colegio. “Todos los del fútbol”, gritaba desaforado. Éramos un grupo de 20 chibolos con ganas de aprender fútbol. Debo decir, sobre mi rendimiento, que también era de aquellos que prefería no entrenar al cien por ciento. Uno de aquellos que prefería dar todo en los 20 minutos  finales, donde jugábamos un partido de fulbito entre todos. En esos 20 minutos, sí daba más del cien por ciento. Por eso digo que lo intenté. Cierto es que tampoco me elegían primero al momento de hacer el equipo. Tampoco al último, porque gracias a Dios tenía amigos.

Probé todas las posiciones del fútbol. Creo que mi mejor desempeño es como defensor central. Ahí jugaba los partidos bravos. El colegio Olaya, donde estudiaba, no era una institución católica; por ende, no participábamos en Adecore, famoso campeonato de colegios en Lima. Pero el profe Tello tenía relaciones amicales con el reconocido colegio Markham. Ahí jugábamos la Copa Markham, donde participaban varios colegios importantes (Weberbauer, Carmelitas, Inmaculada, etc). Nosotros éramos una especie de equipo chico ante tanto colegio con nombre imponente. Un equipo aguerrido, pero con poca calidad. 

Nos comíamos varias goleadas. No siempre era titular, pero ahí estuve. Jugando un campeonato reconocido de colegios y con unos chimpunes marca Global que compró mi viejo, emocionado por tener un hijo con mucha afición al fútbol. Jugaba con la número 2 en la espalda. De defensor y con algunos chispazos de buen fútbol. Alguna vez me hicieron un penal, alguna vez hice un autogol y no recuerdo haber marcado goles en esos campeonatos.

En un verano, recuerdo también que estuve jugando en la academia de la municipalidad de Miraflores. Practicábamos en el pasto del estadio Manuel Bonilla. Tendría 15 años en ese momento. Me iba dando cuenta que no tenía mucha resistencia física. Que era algo torpe para los movimientos. Descoordinado y con poca movilidad. Con actitud y algo de fuerza podía imponer respeto en la defensa. Pero no basta solamente con eso. En un partido de práctica, jugamos con otro academia de fútbol; metí un gol. De esos que te encuentras la pelota en área contraria y solamente tienes que meterle un puntazo al balón y rogar que no se vaya al cielo. Fue un golazo que infló las redes del arquero rival. Pero mejor fue mi celebración. Me creía Laurent Blanc en Francia 98.


                                   Estadio Manuel Bonilla.

Era evidente que no llegaría a cumplir mi sueño. Pero yo siempre fui terco. Hasta cierto punto esto puede ser algo positivo en la vida. Había que seguir intentando por otros lares. Una mañana, leí en el periódico que harían pruebas para las divisiones menores del club Deportivo Wanka. Es ahora o nunca, decía. Es el momento de la verdad. Recuerdo que fui sin decirle nada a nadie. Era algo así como una lucha personal en donde solamente dependía de mí demostrarles que si podía dar talla para el fútbol profesional, donde en ese tiempo brillaba Waldir Sáenz, Camello Soto y el Puma era ídolo en la U. A veces también miraba a tanto jugador malo, y decía por qué yo no. Echémosle la culpa entonces a Polvorita Carrión, Coco Araujo o el Loco Del Mar. Si ellos la fregaban, yo también quiero fregarla. O en su defecto, hacer todo lo posible para no fregarla y destacar, pensaba.

Tenía que pagar 10 soles por derecho a que los entrenadores puedan probarme. Eran 30 minutos de un partido de fútbol y el D.T. decía en qué posición jugaría cada uno de los postulantes al equipo. En ese momento con mi 1.65 no tenía talla para arquero. Pensé que de repente podría ponerme de volante y quedarme de 5, al medio de la cancha. Grosero error. Me probó de lateral derecho. Tuve pocas intervenciones y un rendimiento con 3.5 de puntaje, objetivamente hablando. Lo intenté, decía.



          Con la amarilla de Laboratorios Roche.

Me di cuenta que el sueño era difícil. Tanto como ver a Perú en un mundial. Ahora sigo jugando pichanga entre amigos. Participé de un campeonato representando a mi ex centro de trabajo. Me dieron la camiseta 4. Pero me quedó grande en todo aspecto. Jugué poco, pero ahí estuve. Sigo corriendo y esforzándome por la pelota. Conocí amigos solamente por mi pasión al fútbol. Juego PES en el play, voy al estadio, escribo de fútbol, y sé que el sueño no fue exitoso del todo. De repente debí nacer en San Marino o Chipre.


Melancolía plena de NTVG. Precisa para el post:


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